INSTINTO CULTURAL: UN FENÓMENO NARRÁSICO

Pepa Llausás

La teoría contemporánea del individuo se sostiene sobre un error de nivel. Psicología, teoría social y buena parte de la filosofía práctica parten de una presuposición compartida: el individuo es una unidad ya constituida que posteriormente entra en relación con la cultura, o bien es un producto moldeado por estructuras culturales que lo preceden. En ambos casos, individuo y cultura aparecen como órdenes separables que interactúan desde posiciones previamente definidas.

Esta oposición es conceptualmente cómoda y estructuralmente falsa.

El individuo humano no existe primero para después relacionarse con lo colectivo, ni la cultura actúa como una fuerza externa que imprime formas sobre una materia psíquica neutra. La continuidad individual es desde el inicio dependiente de configuraciones colectivas complejas. No hay fase pre-cultural del individuo humano. Tampoco hay cultura sin sistemas individuales capaces de integrarla. La dicotomía no describe un problema real; lo encubre.

El error procede de formular la pregunta equivocada. Se pregunta qué es el yo, cómo se forma la identidad, cómo se interiorizan normas o significados. No se pregunta cómo logra persistir un sistema humano individual bajo presión colectiva sostenida sin disolverse ni colapsar. El foco se desplaza hacia contenidos —creencias, valores, relatos— cuando la cuestión decisiva es estructural: la viabilidad de la continuidad.

Un sistema humano individual no es una colección de estados intercambiables. Es una unidad irreemplazable cuya continuidad integra de manera no reversible cada activación previa. A diferencia de sistemas distribuidos donde la persistencia se reparte entre componentes sustituibles, aquí la desaparición del sistema implica la desaparición de su trayectoria completa. No hay redundancia que absorba la pérdida. Esta concentración de continuidad incrementa exponencialmente la exigencia de coherencia bajo variación.

Esa exigencia no es únicamente biológica. Un organismo humano puede mantenerse fisiológicamente operativo y, sin embargo, resultar inviable en términos relacionales. La continuidad humana es inseparable de su legibilidad y sincronización con otros sistemas igualmente concentrados. Persistir implica acoplarse. Y ese acoplamiento no es opcional: es condición de funcionamiento.

La psicología suele interpretar esta dependencia como necesidad de reconocimiento o socialización. La teoría social la traduce como internalización de normas. Ambas aproximaciones operan en el nivel de los contenidos y dejan intacta la estructura. La cuestión no es qué normas se interiorizan, sino bajo qué condiciones estructurales un sistema puede integrar configuraciones colectivas sin perder coherencia operativa.

Si un sistema humano integrara cada activación externa sin restricción previa, su continuidad se saturaría rápidamente. La acumulación indiscriminada de exigencias incompatibles generaría inestabilidad crónica. Si, por el contrario, cerrara su campo de variación para proteger su coherencia interna, perdería capacidad de adaptación en entornos cambiantes. La viabilidad exige apertura regulada. No apertura ilimitada ni clausura rígida, sino delimitación previa del espacio de trayectorias posibles.

Esta delimitación no puede situarse en la identidad. La identidad es ya una solución secundaria, un mecanismo de estabilización que reduce el coste de renegociar continuamente la posición del sistema. Tampoco puede situarse en la consciencia, que actúa como regulador intensivo pero tardío y costoso. La condición que hace viable la continuidad opera antes de que el sistema disponga de relato sobre sí mismo.

Esa condición puede denominarse instinto cultural.

El término no designa un repertorio de tradiciones heredadas ni un conjunto de valores internalizados. Tampoco alude a un programa biológico cerrado que determine conductas específicas. Designa un conjunto de parámetros estructurales fijados en fases tempranas de reactividad nerviosa, culturalmente situados y ligados a la supervivencia, que delimitan el espacio de trayectorias viables del sistema humano individual antes de identidad, memoria autobiográfica o narración consciente.

La diferencia entre parámetro y contenido es decisiva. Un contenido puede modificarse sin alterar la arquitectura que lo soporta. Un parámetro delimita qué modificaciones son integrables sin pérdida de coherencia. El instinto cultural opera en este nivel paramétrico. No prescribe creencias; fija umbrales. No impone relatos; delimita compatibilidades. No determina qué pensar; condiciona cómo puede organizarse la continuidad sin colapsar.

Desde las primeras fases de desarrollo, el sistema nervioso humano reacciona a patrones de intensidad, ritmo, proximidad y regulación afectiva situados en un entorno cultural específico. No hay aún lenguaje ni identidad consolidada. Hay acoplamiento estructural. Esas fijaciones tempranas no se experimentan como aprendizaje explícito ni se reconocen como influencia cultural. Se sedimentan como condiciones de posibilidad de futuras trayectorias.

Cuando más tarde emerge la capacidad simbólica y el sistema comienza a narrarse a sí mismo, ya opera dentro de un espacio delimitado. No todas las configuraciones identitarias son igualmente accesibles. No todas las orientaciones vitales resultan integrables con el mismo coste. Lo que suele describirse como elección libre o como determinación social directa es, en gran medida, el recorrido de trayectorias previamente habilitadas o bloqueadas por esa parametrización temprana.

El instinto cultural no elimina la variación; la canaliza. No suprime la creatividad; la sitúa dentro de umbrales de viabilidad. No produce identidad; hace posible que ciertas identidades se estabilicen mientras otras resultan estructuralmente inestables. Su eficacia no depende de la aprobación consciente ni del consenso explícito. Opera como condición previa de funcionamiento.

Esta formulación desactiva la dicotomía clásica entre naturaleza y cultura. No se trata de decidir si el individuo nace determinado por la biología o moldeado por la sociedad. Se trata de reconocer que la continuidad humana depende de una parametrización cultural temprana que no se reduce ni a genética ni a aprendizaje simbólico posterior. No es una tercera sustancia entre ambas; es la arquitectura que hace inteligible su acoplamiento.

Una vez fijados estos parámetros, el sistema desarrolla mecanismos de estabilización que reducen el coste de su continuidad bajo presión colectiva. La identidad es uno de ellos. No constituye la esencia del sistema; organiza su presentación y compatibilidad. Permite reutilizar configuraciones previas en lugar de renegociar desde cero cada posición relacional. Es una solución económica a un problema estructural.

La autobiografía y el yo cumplen una función análoga. Integran estados dispersos bajo una secuencia coherente y reducen la carga regulativa necesaria para mantener continuidad temporal. Pero ni la identidad ni el relato fundan la viabilidad. Son respuestas tardías a una exigencia anterior: persistir como unidad irreemplazable en un entorno saturado de otras unidades igualmente irreemplazables.

Desde esta perspectiva, la libertad individual y la determinación cultural dejan de ser categorías explicativas suficientes. El individuo no es libre en un vacío pre-social ni está determinado por contenidos externos que lo moldean desde fuera. Es viable o inviable dentro de un régimen de compatibilidades delimitado por parámetros que condicionan sus trayectorias posibles. Puede reorganizarse profundamente, pero no puede escapar a la estructura que hace posible su continuidad.

Las consecuencias son directas. La vulnerabilidad del individuo humano no es un déficit psicológico, sino el reverso necesario de su apertura estructural. La exposición a configuraciones simbólicas no es un accidente histórico, sino condición permanente de funcionamiento. Intentar blindar la continuidad individual mediante clausura rígida conduce a fragilidad. Intentar disolverla en lo colectivo conduce a pérdida de unidad. La tensión no desaparece; se gestiona dentro de límites paramétricos.

Muchos conflictos que se formulan como crisis de identidad no se sitúan en el nivel del significado consciente. No se resuelven mediante argumentación racional ni mediante mera reeducación normativa. Se originan en desajustes entre trayectorias intentadas y umbrales de viabilidad fijados tempranamente. Mientras el análisis permanezca en el plano del contenido —qué cree el individuo, qué valores adopta, qué relato sostiene— el núcleo estructural permanece intacto.

Reordenar el problema en términos de parámetros de continuidad permite comprender por qué la identidad es necesaria pero insuficiente, por qué la consciencia regula pero no funda, y por qué la cultura no es un añadido externo sino condición de posibilidad desde el inicio. Individuo y cultura no son sustancias enfrentadas; son ejecuciones interdependientes de un mismo régimen dinámico de continuidad.

Ese régimen no puede describirse adecuadamente desde categorías psicológicas ni desde modelos sociológicos clásicos. Exige una arquitectura conceptual que permita pensar continuidad sin centro, regulación sin finalidad externa y viabilidad sin esencia identitaria.

A esa arquitectura he dado en llamarla Narrasis.