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ACELERACIÓN TECNOLÓGICA, CORRESPONDENCIA HISTÓRICA, JUVENTUD Y VANGUARDIA CULTURAL.

ACELERACIÓN TECNOLÓGICA, CORRESPONDENCIA HISTÓRICA, JUVENTUD Y VANGUARDIA CULTURAL.

La juventud continúa siendo biológicamente joven en un sistema que ya no es informativamente joven.

 

El salto generacional es tan viejo e inevitable como la vida misma. La dulce primavera de la juventud trae la plenitud del verano que conduce irremisiblemente al otoño que abre la puerta al invierno. No hay vuelta de hoja. La primavera es la explosión de la vida. El invierno termina cuando las campanillas de invierno comienzan a emerger entre la blanca nieve como aviso inequívoco de que la vida se abre camino tras el gélido lapso. El verano trae la celebración de su consolidación. Y del mismo modo que las diminutas flores rompen el hielo, las nuevas generaciones tienen por oficio empujar y desplazar.

Lo que nadie te explica es que las dulces playas del verano son proclives a hacerte creer que sigues allí, y es desde aquellas playas desde donde los adictos al pasado tienden a despreciar a unos jóvenes que llegan con ideas distintas a las nuestras, convencidos de que no solo el mundo debe cambiar sino de que ese cambio es imparable y ellos son los autores de la novedad. Y, si no tienes cuidado, una mañana te sorprendes a ti mismo diciendo “adónde vamos a llegar”, “estos críos están locos” y “si hubieras leído…, si hubierais visto…, si hubierais…” mientras ves como una campanilla de invierno te adelanta por la derecha con sus pétalos recién estrenados, poniendo en evidencia todo el polvo y el color marchito de aquellos libros, canciones y consignas que con tanta intensidad defendiste y de las que hoy todo lo que queda son los colores desvaídos de la fotografía.

Yo contaba con ello. Lo que nunca pude imaginar es que un día mi piel ya ajada y mis artríticos huesos tendrían que enfrentar una juventud ante la que el primer adjetivo que se me ocurre es “desfasada”. Eso jamás lo oí. Nunca un viejo me llamó anticuada. Me llamaron tarada, desequilibrada, exagerada, ingenua y una interminable lista de posibilidades entre las que nunca se encontraron aburrida, repetitiva, caduca o anacrónica. Eso era lo que nosotros usábamos para referirnos a ellos.

El héroe es tonto por ignorante; es un diamante en bruto esperando a ser cortado. Pero incluso en su ausencia de tratamiento la piedra ya apunta maneras antes de que se la haya pulido, y así como la profesión de los jóvenes es empujar, la de los viejos es saber diferenciar y dejar que el empuje y el consiguiente desplazamiento se produzca porque el ciclo de la vida debe continuar y ningún tiempo pasado, como ningún tiempo futuro, es mejor; son apenas momentos que nos ha tocado vivir.

La situación de la juventud en el 2026 no parece ser simplemente una cuestión de estética retro o de nostalgia tecnológica. Yo lo definiría como una estructura de pensamiento retrospectiva porque el problema no es que rechacen lo digital; es que formulan el presente con categorías heredadas y después proponen como salida recuperar condiciones anteriores: hablan de comunidad y presencia física mientras apuestan por la lentitud reclamando una vuelta al cine analógico y a la producción local y se enamoran de rituales compartidos al tiempo que proclaman de lo artesanal una especie de forma de resistencia. Todo ello en aras de un supuesto retorno a formas aparentemente menos contaminadas por plataformas digitales y el mercado capitalista internacional, porque el anticapitalismo se ha convertido en bandera de parte de un grupo considerable. Pero lo hacen sin percatarse de que todas esas posiciones convierten la pretendida crítica en restauración. Y no son lo mismo.

 

Se observa una paradoja rebosante de inocente romanticismo: jóvenes hablando de colonialismo, capitalismo, representación, Palestina, identidad o resistencia con un vocabulario que puede sonar contemporáneo, pero dentro de una arquitectura intelectual profundamente añeja. El léxico ha cambiado, pero el mecanismo es el mismo. Se ha generado un discurso de sujeto emancipado frente a un poder externo, una cultura auténtica frente a una cultura colonizada, una comunidad orgánica frente a la tecnología alienante, una producción legítima frente a una industria corruptora. Todo combinado con una retórica de signos importados de Hollywood y el puritanismo estadounidense de lo que, en muchos casos, ni siquiera son conscientes.

Y todo eso tiene consecuencias analíticas serias porque, al concebir lo digital principalmente como degradación, se pierde precisamente aquello que la resistencia juvenil tendría que estar estudiando, explotando y analizando: nuevas formas de producción de sentido, coordinación, circulación, identidad, temporalidad y agencia.

No seré yo quien tire la primera piedra contra ellos en un mundo donde la asimilación de lo ajeno y la manipulación de las grandes corporaciones se han naturalizado hasta el punto de invisibilizarse. De todas las opciones posibles, creo que la peor de todas ellas es embarcarse en una imaginaria caza de brujas en busca de culpables y pasar del análisis al juicio segregacionista. Nosotros/vosotros. Jóvenes/viejos. La vida, afortunadamente, no es tan sencilla.

Lo cierto es que sus preocupaciones no son viejas; lo preocupante es que la causalidad que utilizan y el tipo de solución que imaginan pertenecen a otro régimen cultural. Una parte visible de determinados discursos juveniles contemporáneos pretende corregir el siglo XXI reconstruyendo una versión puritana y globalmente moralizada del XX. Pero por mucho que desentierres a un cadáver, cadáver se queda y a lo peor se convierte en zombi.

La reflexión, independientemente de la edad que se tenga, es necesaria para poder comprender qué clase de sistema cultural ha aparecido y qué reglas tiene. Esa diferencia metodológica es mucho mayor de lo que parece.

Tradicionalmente, el reproche del mayor al joven era normativo: «sois irresponsables, ignorantes, maleducados, estáis destruyendo todo lo que con tanto trabajo construimos». El joven podía ser visto como peligroso, vulgar o estúpido, pero representaba lo nuevo. El desfase temporal se atribuía al viejo. Pero lo que hoy en día me encuentro por la calle es distinto: no estoy preocupada porque la juventud del 2026 haya ido demasiado lejos, sino porque llegan tarde. El problema no es que «hayáis roto mis categorías», sino que «seguís utilizando categorías que para mí ya no explican el mundo». Categorías que, de hecho, en buena lógica, no deberían seguir aquí. Porque cuando un veinteañero me explica teorías que yo enarbolé en los 70 como si las acabase de descubrir, a mí se me parte el alma mientras busco mi reflejo en el primer cristal disponible para consultarme a mí misma si mis arrugas siguen ahí y preguntarme qué está pasando. Debería estar oyendo un discurso nuevo, distinto, fresco y diferenciador, radical, potencialmente peligroso, salvaje, espasmódicamente esperanzado y esperanzador. No frases con tufillo de alcanfor sobre como las élites capitalistas nos dominan. ¿Cuándo el mundo se detuvo y yo no me enteré? Y peor, si el mundo se ha detenido, ¿acaso yo no debía haber permanecido en la misma juventud que tenía cuando abanderaba esas mismas proclamas? Yanquis go home!

Supongo que las nuevas tecnologías han producido, entre otras cosas, una paradoja histórica: cuanto más acelerada es la transformación tecnológica, menos podemos presuponer que juventud equivalga a vanguardia cultural. Una persona puede manejar perfectamente TikTok, IA, plataformas y cultura digital mientras interpreta todo ello mediante esquemas intelectuales heredados según los cuales la autenticidad se define por oposición al artificio, la cultura frente al mercado y lo analógico frente a lo digital. A partir de ahí, veo resurgir ante mi más profunda incredulidad la resistencia activa frente al sistema y me pregunto debajo de qué árbol yo me dormí para soñar que pasaban los años cuando, en realidad, pasaron apenas unos minutos.

No me molestan los jóvenes porque me sorprendan sus ideas, me preocupa que su aparato interpretativo sea uno que reconozco demasiado bien. ¿Hemos llegado por primera vez a una situación en la que la aceleración cultural es tan grande que la edad cronológica ha dejado de ordenar de manera fiable quién pertenece intelectualmente al presente? Y eso sí que me parece una cuestión seria.

Diría que se está produciendo una asincronía en la que la capacidad tecnológica cambia a una velocidad que las instituciones, los marcos políticos, las categorías culturales y los mecanismos colectivos de adaptación no pueden absorber. La rueda no está parada; gira tan deprisa que nuestros instrumentos sociales dejan de representar adecuadamente su movimiento.

Y eso sí puede aumentar la fragilidad. No porque una sociedad «necesite» una guerra para reiniciarse, sino porque durante una transición asincrónica aumenta la distancia entre capacidad y control. Tenemos tecnologías militares, comunicativas, financieras y de IA extraordinariamente rápidas funcionando dentro de instituciones, fronteras, doctrinas estratégicas e imaginarios nacionales mucho más lentos. Por eso considero preocupante que ante una transformación difícil de conceptualizar aparezcan respuestas retrospectivas.  Veo como brotan por doquier los discursos sobre recuperar soberanía, fronteras, nación, territorio, esfera de influencia, grandeza perdida, identidad tradicional. Es decir, problemas nuevos que están empezando a gestionarse mediante gramáticas políticas antiguas. Y es ahí donde veo el punto más peligroso porque no se trata de afirmar de forma nefasta e ingenua que «el tránsito provoca la guerra», sino de señalar que una transición rápida combinada con estructuras incapaces de sincronizarse puede reducir la capacidad del sistema para amortiguar perturbaciones. Entonces un incidente que normalmente sería absorbible puede propagarse.

Es como estar en una gasolinera abarrotada de gente fumando: el problema analítico no es predecir qué cigarrillo iniciará el incendio, sino poder determinar cuánto ha aumentado la inflamabilidad del sistema.

Quizá no nos encontremos ante una crisis de cambio, sino ante una crisis de sincronización entre subsistemas que están evolucionando a velocidades radicalmente distintas y para los que cada vez resulta más difícil sincronizarse. Y eso no encaja con una descripción simplificada que habla de élites capitalistas dominantes que controlan el poder. Ese tipo de discurso no responde a la complejidad de la realidad que nos ha tocado a todos vivir en los años XX del peligroso y complejo siglo XXI.

Creo que el tipo de análisis que necesitamos enfrentar en este tiempo no pasa por comparar niveles de bienestar, sino condiciones epistemológicas, que es mucho menos romántico y requiere de una interpretación y de herramientas diferentes, pero también es mucho más necesario y operativo.

Antes, la inexperiencia juvenil operaba dentro de un mundo relativamente recortado. No necesitabas comprender el sistema completo para construir una representación funcional de él. Familia, escuela, profesión, medios, territorio y unos pocos referentes proporcionaban una biblioteca inicial bastante pequeña. Era incompleta, pero manejable. La experiencia iba ampliándola. Pero ahora sucede algo extraño y es que los jóvenes conservan exactamente la misma limitación biográfica —veinte años siguen proporcionando veinte años de experiencia—, pero reciben acceso inmediato a una cantidad potencialmente ilimitada de representaciones del mundo. Ha desaparecido buena parte de la escasez informativa sin desaparecer la escasez de experiencia y sin aumentar ni el tiempo ni los medios para absorberla.

Y esa es una distinción crucial: acceso a información no equivale a conocimiento y mucho menos a criterio. El criterio requiere comparación, memoria, detección de recurrencias, experiencia del fracaso de explicaciones anteriores y capacidad para distinguir acontecimientos excepcionales de patrones recurrentes. Todo eso necesita tiempo y algunas herramientas de análisis. La ignorancia y la inexperiencia son la prerrogativa de los jóvenes porque el tiempo es una realidad objetiva (vitalmente hablando) que no se puede alterar. El joven de ahora entra en un espacio donde aparentemente ya tiene acceso a todo antes de haber recorrido nada. La información antecede masivamente a la experiencia porque la información sin la intermediación de la pasión no es procesable.

Y entonces aparece una vulnerabilidad nueva: los jóvenes necesitan seleccionar entre millones de explicaciones antes de disponer de criterios suficientes para evaluar esas explicaciones. Las plataformas, comunidades, influencers, películas, movimientos políticos, marcas, fandoms y sistemas algorítmicos no solo proporcionan información; proporcionan paquetes ya estructurados de causalidad, identidad y sentido. «Esto ocurre por esto; estos son los culpables; estos somos nosotros; esto significa ser tú».

Hoy ya no basta con «tener información», porque información tiene casi todo el mundo. El recurso verdaderamente escaso es la capacidad de intervenir en su arquitectura: seleccionar qué aparece, establecer relaciones entre datos, determinar relevancia, producir marcos interpretativos, controlar distribución y repetición y, finalmente, conseguir que una representación concreta sincronice a mucha gente.

Es aquí donde entra en juego lo que he denominado narrasis. El poder informacional contemporáneo no consiste principalmente en ocultar información. Puede consistir precisamente en lo contrario: producir un entorno de información prácticamente ilimitada dentro del cual unas pocas estructuras consiguen organizar el sentido. No solo las formas cambian, sino que cada individuo está simultáneamente expuesto a múltiples sistemas dinámicos que cambian, interactúan y se representan mutuamente. El problema juvenil ha dejado de ser solamente «¿quién soy?» para volverse anterior: «¿qué demonios es este mundo dentro del cual tengo que averiguar quién soy?». Y para responder a la segunda pregunta hace falta precisamente lo único que ninguna tecnología puede entregar instantáneamente: una biblioteca propia construida mediante tiempo, contraste y experiencia. Sin ella es imposible que los dulces, tiernos y blancos pétalos de las campanillas de invierno que traen el cambio puedan abrirse paso entre la gélida nieve del mortecino invierno.

 Pepa Llausás